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Colorear por números con daltonismo

La imagen está indexada por números y un número es texto, así que la tarea se puede completar sin distinguir dos colores entre sí. Los problemas reales no están en el dibujo, sino en la tira de la paleta y en las señales que solo se dan mediante color.

Hay una propiedad de esta actividad que rara vez se menciona y que resulta poco habitual: la instrucción no es un color, es un número. Dentro de cada región hay un dígito, y ese dígito es texto. Quien no distingue el rojo del verde lee el siete exactamente igual que cualquier otra persona, y por tanto puede completar la lámina entera sin haber distinguido nunca dos colores entre sí.

Esto la separa de casi todos los pasatiempos visuales de la misma familia. Un juego de emparejar fichas por color, o cualquier tarea de clasificar por tono, se vuelve directamente imposible o injusto. Aquí la información necesaria está codificada en un canal que no depende de la percepción cromática. El diseño original, pensado hace décadas para otra cosa, resultó ser accesible casi por accidente.

De qué se habla cuando se habla de daltonismo

Conviene precisar, porque el término popular agrupa cosas distintas. Lo más frecuente con diferencia son las alteraciones en la discriminación entre rojos y verdes, y es una condición mucho más común en hombres que en mujeres. Menos frecuentes son las que afectan a azules y amarillos, y muy poco frecuente es la ausencia total de visión de color.

En casi todos los casos la agudeza visual es normal y la percepción de claridad también: la diferencia entre un tono claro y uno oscuro se ve perfectamente. Ese detalle es la clave de casi todo lo que viene a continuación, porque una paleta con escalones de claridad bien separados es legible para prácticamente todo el mundo, mientras que una paleta de tonos distintos pero de la misma claridad no lo es.

Dónde aparece la fricción de verdad

La imagen no es el problema. Los problemas están en el entorno de la imagen, y son bastante concretos:

Ninguno de estos puntos impide terminar una lámina. Lo que hacen es añadir una comprobación extra cada pocos segundos, y una comprobación extra repetida trescientas veces es lo que convierte una actividad tranquila en una actividad con roce.

Lo que se puede hacer desde el lado de quien colorea

La primera medida útil es elegir imágenes por contraste de claridad más que por tema. Un mosaico geométrico con tonos claramente escalonados, del tipo de una celosía o de un zócalo de azulejos, se trabaja con muchísima menos fricción que un retrato hecho de tonos de piel, donde cinco o seis colores contiguos tienen casi la misma claridad y se distinguen solo por matiz. Esa segunda categoría es incómoda incluso con visión cromática normal.

La segunda es ampliar. Al ampliar, el dígito crece y su lectura deja de depender de acertar el color de un vistazo. Como la información está en el número, ampliar convierte una tarea de color en una tarea de lectura, que es terreno favorable.

La tercera son los filtros de color del propio sistema operativo, presentes en la mayoría de los teléfonos y tabletas actuales dentro de los ajustes de accesibilidad. Ayudan a separar tonos que de otro modo colapsan, pero conviene saber lo que cuestan: modifican toda la pantalla, incluida la propia obra, de modo que la imagen que se ve mientras se colorea no es la que verá otra persona. Es una ayuda de trabajo, no una traducción fiel.

Lo que no se resuelve

Sería deshonesto terminar con una nota triunfal. La tarea es completable, pero la recompensa final de esta actividad es una imagen en color, y esa imagen se percibe de otro modo. Un cielo pensado para contrastar con un tejado puede resultar plano; una paleta elegida por su armonía cromática puede no comunicar nada de esa armonía. La estructura sigue ahí, la composición se sigue apreciando, y el placer del gesto repetido es idéntico, pero una parte del resultado no llega.

También hay un caso en el que la ventaja del número se vuelve casi total: la ausencia completa de visión de color. Ahí toda la imagen es cuestión de claridades, y una lámina numerada sigue siendo perfectamente hacible, incluso agradable, porque el resultado se lee como una composición tonal. Es un resultado distinto del previsto por quien diseñó la paleta, lo cual no lo hace peor.

En conjunto, esta es una de las pocas actividades visuales que no exige discriminación cromática para ser posible. Lo que exige atención es todo lo que rodea a la imagen, y esa parte depende de decisiones de diseño que varían mucho de una versión a otra.

Preguntas frecuentes

¿Se puede completar una lámina sin distinguir los colores?

Sí, porque la instrucción está escrita como un número dentro de cada región y un número es texto. Basta con leer el dígito y seleccionar la muestra que lleva ese mismo dígito en la paleta. No hace falta en ningún momento comparar dos colores entre sí.

¿Qué imágenes dan menos problemas?

Las que tienen escalones claros de luminosidad entre colores contiguos, como los motivos geométricos o las ilustraciones de zonas planas. Las peores son las que reproducen degradados finos o tonos de piel, porque ahí varios colores contiguos tienen casi la misma claridad y se diferencian solo por matiz.

¿Sirven los filtros de color del teléfono?

Ayudan a separar tonos que de otro modo se confunden, y están en los ajustes de accesibilidad de la mayoría de los dispositivos actuales. El coste es que alteran toda la pantalla, incluida la imagen que se está coloreando, así que el resultado que se ve no coincide con el que verá otra persona.

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