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Quién inventó la pintura por números

Max Klein tenía la empresa de pinturas y Dan Robbins resolvió el diseño de las regiones numeradas. Qué sostiene el registro publicado, qué es folclore de empresa y por qué el crédito se sigue discutiendo.

La pregunta tiene dos respuestas y ninguna es del todo falsa, que es exactamente el motivo de que se lleve discutiendo setenta años. Los estuches para pintar por números salen de una empresa pequeña de Detroit a principios de los años cincuenta, y en su origen hay dos personas con papeles muy distintos: Max Klein, dueño de la Palmer Paint Company, y Dan Robbins, dibujante comercial que trabajaba para él.

El registro publicado sostiene una versión bastante estable de los hechos, y a su alrededor ha crecido una capa de relato de empresa que conviene separar antes de nada.

Lo que sostiene el registro

Klein tenía un problema comercial concreto: vender pintura fuera de temporada, a gente que no estaba pintando la casa. Buscaba un producto que convirtiera botes pequeños de pintura en un pasatiempo con demanda estable. Robbins resolvió la parte de diseño, que consistía en descomponer una imagen en regiones cerradas, numeradas y lo bastante grandes para que alguien sin práctica pudiera rellenarlas con un pincel barato y obtener algo que se pareciera razonablemente a un cuadro.

El producto se vendió bajo la marca Craft Master y se convirtió en un fenómeno de consumo en Estados Unidos durante aquella década. Los primeros diseños no funcionaron especialmente bien; el formato se fue ajustando sobre la marcha, con temas más reconocibles y regiones mejor repartidas, hasta dar con la fórmula que después se copió en todas partes, incluida Europa.

La historia de Leonardo

La empresa contó durante años que la idea venía de Leonardo da Vinci, que supuestamente numeraba zonas de sus lienzos para que las rellenaran sus aprendices. Es una historia excelente y no hay motivo para tomarla como historia. Funciona como argumento de venta, porque da linaje a un producto barato, y no como documentación. Conviene tratarla como folclore de empresa y no como antecedente real.

Lo que sí es cierto, y bastante menos llamativo, es que el reparto del trabajo entre maestro y taller existía desde hacía siglos, y que la idea de ejecutar según indicaciones lo que otro ha compuesto no la inventó nadie en Detroit. Lo que se inventó allí fue el producto, no el principio.

Por qué se discute la autoría

El desacuerdo tiene una forma reconocible en muchas invenciones comerciales: una persona aporta la intención de negocio y otra resuelve el problema técnico, y después resulta imposible decir cuál de las dos aportaciones era la difícil. Klein no habría tenido nada sin un sistema que funcionara; Robbins no habría diseñado nada sin el encargo, la financiación y el canal de distribución.

Los interesados de cada lado han defendido su versión durante décadas, y los relatos publicados varían de forma apreciable según quién los cuente. Merece la pena resistirse al impulso de zanjarlo: la versión honesta es que hubo dos contribuciones distintas e igualmente necesarias, y que la disputa por el crédito, como casi siempre, es posterior al éxito.

Qué se inventó exactamente

Conviene precisar, porque numerar zonas de un dibujo no es en sí una invención. Lo difícil, y lo verdaderamente nuevo, fue el pliego de restricciones que hace que el sistema entregue un resultado aceptable en manos de alguien sin ninguna habilidad. Ese pliego se puede resumir en cuatro puntos.

Ese conjunto de condiciones es lo que sigue vigente. Un dibujo pensado para pantalla se diseña hoy con las mismas cuatro tensiones, con el ancho del dedo ocupando el lugar que tenía el ancho del pincel y con la memoria del dispositivo donde antes estaba el coste de la caja.

El desprecio posterior, que también forma parte de la historia

Casi desde el principio hubo quien lo consideró una degradación de la pintura, y ese rechazo forma parte del expediente tanto como las cifras de ventas. El argumento era que se vendía la apariencia de pintar sin nada de lo que hace difícil pintar.

El contraargumento, que ha envejecido mejor, es que la mayor parte de lo que la gente hace con las manos no es autoría sino ejecución, y que ejecutar bien algo compuesto por otro es un placer legítimo con siglos de tradición detrás, del bordado sobre patrón al vitral montado según cartón.

Si hace falta una frase, la menos injusta es que Max Klein tuvo el problema y Dan Robbins tuvo la solución, y que el producto necesitaba las dos cosas. Todo lo que va más allá, incluido Leonardo, es relato añadido después.

Preguntas frecuentes

¿Dan Robbins inventó la pintura por números?

Resolvió la parte de diseño, que era descomponer una imagen en regiones numeradas rellenables por alguien sin práctica. La iniciativa comercial y la empresa eran de Max Klein. Atribuir la invención a uno solo de los dos deja fuera la mitad del trabajo que hizo falta.

¿Es verdad que la idea viene de Leonardo da Vinci?

No hay motivo para darlo por bueno. La historia de los aprendices rellenando zonas numeradas se contó durante años como origen del producto, pero funciona como argumento de venta y no como documentación histórica. Lo prudente es tratarla como folclore de empresa.

¿Cuándo aparecieron los primeros estuches?

A principios de los años cincuenta, en Detroit, con la marca Craft Master de la Palmer Paint Company. Los primeros diseños no funcionaron bien y el formato se ajustó durante los años siguientes hasta convertirse en un fenómeno de consumo en esa década.

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